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Tokyo, 26 Mayo 2012
Sabrosas anécdotas de los latinos en Japón
COMUNIDAD
Kanto - Chiba - / Pablo Lores Kanto / ipcdigital.com
 

¿Quién no tiene una anécdota sabrosa en Japón? Uno de esos acontecimientos que siendo propio o ajeno nos llena de rubor cuando lo experimentamos o de risa cuando lo compartimos. Historias hilarantes como el atún de gato que llega a nuestra mesa oculto bajo un manto de complejos kanji y a un precio de ganga. Pasajes de confusión, de errores y de torpezas que nos han obligado, muchas veces, a informarnos sobre los usos y costumbres del país así como a aprender el idioma. He aquí algunas anécdotas de las muchísimas que aún están por escribirse.

El baño que ladra

Año 1993. Moisés Ortiz cuenta que no tenía ni 24 horas en Japón. Desde que abordó el tren en Narita se la pasó preguntando a la gente, ¿Shizuoka?, ¿Shizuoka?, ¿Shizuoka?... Era la única palabra japonesa que dominaba. El pasaje de avión lo compró en Lima después de malbaratar su automóvil, un Datsun, y todo por un amigo que le dijo que para vivir y trabajar en Japón no tenía que ser del ojo. Por fin había llegado y ahora atravesaba el país en trenes ordinarios. Hasta que oscureció, llegó la medianoche y el servicio se suspendió. Moisés se quedó varado en una estación cuyo nombre ya ni recuerda.Estaba solo, nervioso y daba vueltas por las inmediaciones, sin alejarse demasiado. Tuvo, de pronto, ganas de ir al "toilette". Moisés se metió, a esa hora, en un impecable y silencioso baño público.

Empezó a descargar la vejiga y ni bien acabó oyó un ruido feo, como el de un animal, quizá el gruñido de un perro. Claro, no se quedó para averiguar qué era y salió despavorido. Como alma que lleva el diablo. Ya en Shizuoka, Moisés contó lo que le había pasado. "Oye, compadre, -le dijo al amigo- Japón se pasa...

-¿Por qué?

-Porque tiene perros que cuidan los baños.

-¿Perros?

-Sí... anoche me topé con uno que me ladró bien feo....

Su amigo se empezó a reír pero a carcajadas.

-¿Por qué te ríes?

-Si no serás un caído del palto. Lo que has oído ha sido la descarga del tanque de agua. Los baños tienen sensores y no hay que tirar de la palanca...


Mi amigo japonés

Lo primero que llama la atención de Japón es la cortesía de su gente. Siempre reverenciando, inclinando la cabeza y con una disculpa permanente en los labios. Es raro que te den la mano para saludarte. En esas cosas pensaba el peruano Luis Chang, una tarde, mientras transitaba por una estrecha y concurrida calle de Yachiyodai, a la hora de mayor aglomeración, cuando la gente fluye de las estaciones después del trabajo.De pronto, en medio de la multitud, vio a un viejito que se abría paso y que caminaba hacia él con la mano estirada. Luis pensó en alguien conocido, quizá un amigo japonés que de pronto lo había reconocido en esa apretada acera y que se le acercaba para saludarle. Pero, en ese instante, por más que trataba de recordar, Luis no tenía la menor idea de quién era ese tipo de unos 60 ó 65 años de edad. Cuando lo tuvo a unos dos metros de distancia, no le quedó más remedio que estirar el brazo para estrecharle la
mano, tal como demanda la cortesía. Pero el viejito lo desairó y pasó de largo... Luis, atónito, sintió algo parecido a la vergüenza. Después sabría que es de japoneses el hábito de abrirse paso entre la gente con la palma estirada y apuntando hacia adelante como la quilla de un barco.

¿Pronombre femenino de watashi?

Era la nueva alumna en nuestra clase de japonés que impartían unos voluntarios en un centro internacional de Saitama. Se llamaba Norma y era una jaujina tímida, taciturna, que hablaba poco y miraba mucho. No tenía ni dos meses en nuestra fábrica cuando su esposo la animó a participar en las clases de japonés que impartía la señora Tsurusaki. Norma se había comprado sus lapiceros y sus cuadernos y aunque lo trataba de ocultar era notorio que se sentía como una niña en primer día de colegio. Estábamos estudiando los pronombres: watashi, anata, watashi tachi, anata gata... y a partir de allí empezar a formar oraciones básicas con las partículas "wa" y "ga"... Alguien dijo, "watashi wa Perujin desu"; otro alumno extranjero dijo: "watashi wa kome ga daisuki desu...". Y así, cada uno iba formando oraciones sencillas en esa quinta clase en la que Norma, tímida ella, prefería oír y mirar antes que decir esta boca es mía. Animada por las circunstancias, por el cómodo ambiente de la clase, Norma por fin habló y pronunció la palabra que aún hoy sigue siendo su apodo, el apelativo con el que se le conoce en la fábrica.

-Norma san -le dijo la profesora Tsurusaki- forme, por favor, una oración. Convencida de que así debería ser el pronombre femenino, ella expresó con aplomo.

-Watasha wa nihonjin dewa arimasen...

Todos nos partimos de la risa y desde entonces, catorce años ya, "Watasha san" ya no se molesta y hasta se ríe de la anécdota graciosa que ella misma protagonizó.

Talco para pies

Era verano, cuenta Jenniffer, y fue con su padre, el ex futbolista Roberto Crítico Zevallos, a un gran almacén del centro de Yachiyodai para comprar talco para el pie. Tenían muy poco tiempo en Japón y su vocabulario de palabras japoneses era tanto como los dedos de una mano. Por eso, la mamá de Jenniffer, doña Julia, antes de irse a trabajar había averiguado que "pie" se dice en japonés "ashi" y así lo había dejado escrito: ashipie. Y con ese papel apuntado fueron a la droguería (farmacia) del gran almacén. La tarea no era difícil, dice Jenniffer. Decir en inglés talco era sencillo: "powder". Sólo bastaba sumarle "ashi". Y con esos dos datos se presentaron ante el vendedor. No lograron dejarse entender porque en labios de su padre el producto sonaba así: "ashi-pie powder".

-Papá, no es ashi-pie powder sino ashi-powder.

-No me lleves la contra -le dijo enojado papá Roberto- si tu mamá lo ha escrito así es porqué así
se escribe y punto. Por supuesto, ese día no pudieron comprar el bendito ashi-pie powder...

De compras

Allá, por los primeros años de la década de los noventa, cuando acudió por primera vez a un supermercado japonés, a la peruana Mariella Medina no le costó trabajo hacerse entender con una empleada japonesa ataviada con gorro y mandil blancos. Con mucho ingenio y mímica (tipo Tarzán y la mona Chita) Mariella logró comprar lo que deseaba. "Se me antojó comer un saltadito de corazón de pollo y como yo no sabía japonés, me puse la mano en el pecho, a la altura del corazón y empecé a imitar el sonido que hace el corazón: pum, pum, pum, pum... e inmediatamente después doblé los brazos apoyando las manos al lado de las caderas y los agité como si fueran unas alas. Acto seguido, empecé a cacarear. La gente pasaba y me miraba con desconcierto como si yo fuera una loca. Sin embargo, la japonesa que me atendió era recontra lista. Al toque me trajo un paquete con corazoncitos de pollo. Para el otro producto, me toqué el abdomen, luego hice una ligera presión sobre él y con la otra mano simulé que bebía un trago y acto seguido dibuje en el aire que de mi cabeza me salían un par de cuernos y no me vas a creer, la vendedora buscó en la congeladora un paquete que contenía hígado de res. Qué japonés ni que ocho cuartos, el que quiere se deja entender, dice Mariella, quien al cabo de dieciséis años en Japón ya no tiene que hacer malabares ni morisquetas para hacerse entender.

La mamá de Micky Mouse

Trabajaba en una fábrica de productos plásticos en Sakura y solía, como todos lo mediodías, preparar y dejar listo el comedor quince minutos antes de que sonara el timbre de la hora del almuerzo. Susana no tenía ni un año en la fábrica y su japonés era muy limitado. Muchas veces mezclaba los idiomas e incluso introducía palabras en inglés para que los compañeros japoneses pudieran entenderla. Mientras acomodaba las cajas de obento sobre las mesas y servía ocha en las tazas, Susana quedó paralizada por la visión de una enorme y espantosa rata. Había oído que merodeaban por la fábrica, pero nunca había visto una tan cerca que salió huyendo del comedor y gritando a todo pulmón: "Micky Mouse no okaasan! Micky Mouse no okaasan!...".

Sábados de bowling

Una de las cosas que le encantaban a Julia Arakaki era ir los sábados con los amigos de la fábrica a jugar bowling. Eran casi todos peruanos y se reunían en un local que estaba muy cerca de la estación. Como se había convertido en una cita habitual, Julia decidió estrenar una ropa deportiva apropiada para la ocasión. La había adquirido en una tienda y le pareció muy mona. Convirtió ese atuendo en la ropa para jugar bowling. Y con ella se tomó muchas fotografías rodeada de los amigos de siempre, hasta que un primo que llevaba más de diez años en Japón, le hizo ver el papelón que ella había protagonizado sin saberlo.

-Con razón yo sentía que los japoneses que acudían al bowling me miraban raro - expresó Julia para añadir- era una mirada que me resultaba difícil de interpretar. Una mirada que yo atribuía a mi aspecto físico. Pero fue mi primo el que me desengañó: "Julita, primita linda -me dijo- ¡cómo se te ocurre ir al bowling en pijamas!...".

La elegante

Tenía una amiga elegante, que se creía pituca. Decía que era de Miraflores o de San Isidro aunque segurito que era de los Barrios Altos. Sólo tenía ojos para los japoneses. Coqueta la sambita. Ya era una tía de unos 35 o 40 años de edad, pero ella se alucinaba una chibola (jovencita). La verdad, la verdad, que la Tía Cuero (así la apodábamos) estaba aún buenaza. No sé qué le había hecho al pantalón gris de la fábrica pero le quedaba ceñido y apretadito como si fuera un Levis. Hasta los japoneses, que son bien discretos, volteaban al verla pasar. Era nuestro primer año en Japón. Y con la llegada de diciembre llegó el bonenkai. El que menos se compró ropa elegante. Y la Tía Cuero se compró un traje de color rosa palo que parecía hecho para bailar el Danubio Azul. No le quedaba mal, pero era desprorpocionado para la ocasión. Sin embargo, hubo un detalle que echó abajo toda su magnificencia. Camino al lujoso restaurante, la Tía Cuero sintió frío en las manos y al pasar por un konbini compró unos guantes de yute, de color blanco, con unas granulaciones de jebe en la palma de color rosado y que hacían juego con su vestido. Eran guantes para las toscas tareas de almacén o de jardinería. Y vieras con qué elegancia fumaba ella con los guantes puestos...

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