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Tokyo, 26 Mayo 2012
Sensei Vargas Llosa. Por Enrique Higa Sakuda
OPINIÓN NOBEL
IPC Peru /
 

Me gustaría decir que he leído todas las novelas de Mario Vargas Llosa, pero hay cuatro que aún no conozco: El Hablador, ¿Quién mató a Palomino Molero?, Historia de Mayta y Lituma en los Andes.

Lo primero que leí de él fue La ciudad y los perros, lectura obligatoria en los colegios peruanos. Recuerdo que los libros que más me gustaron de los que tuve que leer como escolar fueron Cien años de soledad y Un mundo para Julius.

Sin embargo, ya fuera del colegio, descubrí dos novelas monumentales de Vargas Llosa que hasta hoy son mis preferidas: Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo.

Luego de leerlas, supe qué es eso que llaman novela total. Cuando te gusta mucho una obra de ficción, piensas “qué paja este libro”. Pero cuando acabé de leer las dos novelas de MVLL, me sentí perplejo, alucinado, como si hubiera presenciado un milagro, uno de esos prodigios que te ocurren muy pocas veces en la vida. Fue como descubrir un planeta.

Aún siento la atmósfera opresiva y sórdida de Conversación en La Catedral, la grisura y el derrotismo de Zavalita, que tan bien encarnaba al Perú de entonces, así como el fanatismo de la grey de Antonio Conselheiro –ese profeta de otros tiempos al que solo conocemos por la mirada de los otros–, el delirio de una comunidad que se cree portadora de la causa de Dios y que la defiende rebelándose contra el Estado.

Recuerdo que en una librería japonesa de Shinjuku (creo que Kinokuniya), en una diminuta sección destinada a los libros en español, encontré Contra viento y marea. Hasta entonces, creía que solo la ficción podía encapsularme y hacer polvo el mundo exterior, como si solo hubiera vida en la novela y todo lo demás resultara superfluo.

Gracias a Contra viento y marea descubrí que las ideas también podían subyugar, como la audacia y el verbo florido de Cyrano de Bergerac o el amor de Florentino Ariza por Fermina Daza. Me impactó en particular un artículo sobre Camus y la moral de los límites. Ahí comprendí que los medios justifican el fin y que el ser humano, el individuo, la libertad, están por encima de la ideología o la religión.

Asimismo, me hizo ver que las utopías pueden enriquecer el arte, pero son fatales para la política, que esos afiebrados intentos de bajar el cielo a la tierra solo han producido violencia, sangre, muerte. La democracia puede parecer mediocre y no tener el aura romántica de la revolución, pero es el mejor de los sistemas para gobernar a los hombres.

Desde entonces leo los artículos que cada dos semanas Vargas Llosa publica en varios medios. Recuerdo especialmente dos. El primero, sobre Nelson Mandela. Antes de leerlo no sabía mucho de él; su figura solía asociarla con los conciertos de rock que en la década de 1980 se montaban para exigir su liberación. Leí el artículo conmovido porque me hizo sentir que estaba conociendo a un extraordinario hombre, de esos que nacen uno o dos cada siglo, impresión que confirmé tras leer El factor humano.

El segundo trataba sobre una mujer llamada Rachel Corrie, de quien no sabía nada. Se me humedecieron los ojos leyendo la historia de esa valiente chica estadounidense que había muerto defendiendo la causa palestina.

Con La verdad de las mentiras, que también compré en Japón en una librería que se llamaba Manantial, aprendí que una buena novela siempre dice la verdad aunque lo que cuenta no sea históricamente verdadero, pues una cosa es la verdad literaria y otra la histórica. Una novela es buena cuando logra hechizar al lector con el poder mágico de sus palabras.

La Fiesta del Chivo fue otro descubrimiento para mí. Siempre había imaginado a las dictaduras como regímenes que solo recortan libertades y persiguen opositores, pero la novela de Vargas Llosa me enseñó que las dictaduras no solamente pueden robarle la libertad al ser humano, sino también el alma.

Las dictaduras le impiden al individuo expresarse libremente, pero además lo envilecen, lo degradan, lo anulan moralmente. Gran lección.

Mario Vargas Llosa me ha enseñado muchísimas cosas. Siento que leyendo sus libros he aprendido más que en el colegio. Gracias, Maestro.

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