| Tokyo, 16 Marzo 2010 | |
| Okinawa, una tierra entre dos fuegos | |
| JAP | |
| Kanto - Tokio - / Alberto Olmos / ipcdigital.com | |
Solo la pereza intelectual justifica que todos pensemos en playas y turismo cuando se habla de Okinawa. La paradisíaca isla japonesa es sin duda uno de los destinos más atractivos para viajes cortos fuera del archipiélago, pero también han aterrizado allí, a lo largo de su historia, casi todas las infamias que el hombre es capaz de protagonizar. Violaciones de mujeres y niñas, asesinatos, atropellos, humillaciones y vertido de residuos químicos son solo algunos de los delitos que ha sufrido la población okinawense a manos tanto del ejército norteamericano como del japonés. La privilegiada posición de la isla, casi vigilando el despertar de China, hacen de ella un pedazo de tierra irrenunciable para Estados Unidos; sin embargo, su lejanía del país al que pertenece, Japon, la vuelven a la vez un territorio abandonado por las grandes inversiones. El 15 de mayo se cumplieron 35 años de la devolución de Okinawa a Japón por parte de Estados Unidos. Seguramente, ni los propios okinawenses podrían decir que tiempo pasado fue mejor para ellos. LOS AÑOS AMERICANOS En concreto, el 19% de la isla sirvió de cimiento a cuarteles militares y almacenes de misiles. 30.000 soldados llegaron, con sus familias y su prepotencia. Enseguida empezaron los problemas. El más común, la violación. Soldados saliendo de copas que acaban forzando a la primera mujer que se cruza con ellos. Nuevamente, el aislamiento de Okinawa dejó impune casi todos los delitos (más de 500 en 27 años, según estimaciones). Como nuevo territorio americano, Okinawa dejó de utilizar el yen y se pasó al dólar. También en las carreteras se vio el cambio. Ahora se circularía por la derecha. Además, los okinawenses tendrían que llevar el pasaporte estadounidense al viajar a otras partes de Japón. Ellos se acostumbraron a convivir con el ruido de los cazas en el cielo y con todo tipo de pruebas militares, despliegues y explosiones de las que nadie tenía que dar cuenta. Al mismo tiempo, colectivos de dentro de la isla se desplazaban a Tokio para reclamar el desalojo de los norteamericanos. Solo la gestión del primer ministro Eisaku Sato, en los años setenta, consiguió en cierta medida este objetivo. OTRA VEZ JAPONESES De este modo, en Okinawa, después de 30 años, las cosas parecen seguir igual, y lo único que ha cambiado es la bandera que ondea sobre la playa. CRONOLOGÍA |
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